Vivir a expensas de todo

En ocasiones los terremotos nos sirven para reubicar lo que teníamos mal colocado, empezar a vivir. No hay sentimiento más liberador que el de darse cuenta de que realmente no tienes nada que perder, que no hay nada a lo que temer ya que es nada lo que tienes. Que sólo te tienes a ti y, eso, es imposible disipar.

Cuando la vida nos brinda este tipo de circunstancias realmente nos está ofreciendo una invitación a abandonar apegos que nos han mantenido ilusoriamente atrapados en cuevas, temerosos de perder lo que poseemos externamente (dinero, coche, estatus).

Es cuando el miedo se apiada como ese sentimiento contrariado, como filtro en nuestra situación de vida. Es el miedo a las alturas.

                                                         Photo by Jeremy Bishop on Unsplash

De este modo, todo paso que demos lo hacemos desde el temor a morir. Y cuando digo morir no me refiero a finalizar nuestro viaje en este planeta, sino al morir del ego. Es el ego el que nos hace agarrarnos a este sentimiento y el que nos hace creer profundamente que la imagen de quién eres, de quién te has convertido y en quién esperas convertirte nos hará perder nuestras nociones de supervivencia.

Pero es absurdo porque ¿cuándo ha sido la vida un plan seguro? ¿quién nos da la seguridad de que las circunstancias serán como planeamos? La vida es un fluir constante que siempre nos aguarda lo mejor para nosotros, etiquetándolo como “bueno” o “malo” pero, al menos esa es mi opinión, todas esas experiencias siempre nos traen una enseñanza y una plenitud de la que no somos conscientes por ese afán etiquetador de nuestra mente, de las creencias portadas. Creencias que no son nuestras sino de nuestros abuelos e, incluso, tatarabuelos.

Por eso, cuando sientas que la tierra se tambalea haz una piscina en las grietas. Vive a expensas de todo.

Photo by Nghia Le on Unsplash

Gracias.

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